Cicatrices

De alguna manera, las cicatrices son bellas porque son las letras con las que el tiempo nos relata. Aparecen justo donde y cuando deben para formar palabras que se susurran a quien posa sus ojos o sus dedos sobre ellas. Pero no todos saben descifrarlas, de forma que aun siendo evidentes, conservan su intimidad. Saber sentirlas es reconocer una historia que quiere ser contada. Son parte de un discurso mayor al cual complementan, ejemplifican y elevan, redactado en esta vasija que tenemos por cuerpo.

Ellas dolieron y algunas aún duelen. Son memorias grabadas a fuego. Separan el frágil mundo interior de una realidad dura ante la que solo la costra, tras la yaga, es alivio. Nacen de evitar que por heridas se nos derrame el corazón. Son adorno en apariencia y recuerdos en esencia. Pueblan al cuenco viejo, cual recipiente de experiencias. De algunas se presume y otras se esconden, queriendo olvidar el cuándo y el dónde.

Una pieza con cicatrices es expresiva, sincera y valiente. Demuestra que ha vivido y es superviviente en este universo que no es más que una inmensa cicatriz del paso del tiempo. Huellas, cada una de ellas referencia de luchas pasadas que cosen nuestro presente a puntadas, acaso pequeñas puñaladas todas ellas. Pero de alguna manera, las cicatrices, como el mundo, acaban siendo bellas.

Imagen de portada: Vimar, A., 1897. Le Pot de terre et le Pot de ferMaterial impreso, Bibliothèque nationale de France.